Garçon, un café s’il vous plaît!

Para Sonia De Sevilla no había en el mundo nada más importante que asistir los días viernes de cada semana a la reunión de egresadas del setenta y nueve que tenía lugar en el Café La Rue en el barrio de Recoleta. Desde hacía treinta y seis años que iba allí sin falta, pero el último viernes sucedió algo insólito: cuando el mozo de siempre, con el uniforme de siempre se acercó a la mesa a cobrarles la merienda de siempre, el valor del café fue otro. Cincuenta pesos. Cincuenta. Sonia había llevado cuarenta y cinco con la idea de no gastar más de treinta en el café y, sin embargo allí estaba el ticket, eso era lo que debía pagar. Avergonzada, debió pedir a sus ex compañeras que por esta vez la cubrieran con la cuenta ya que, en un descuido, había olvidado sacar dinero en efectivo. Con algo de sorpresa sus amigas completaron su parte, y ella volvió a disculparse por el inconveniente.

Con la inflación todo subía de precio: la harina, la leche, el azúcar, los zapatos, las medias, los corpiños, el gas, la luz, el alquiler, las expensas, el lápiz labial, el perfume, el transporte, los favores, los paseos y ahora también el café La Rue. Indignada, lo primero que hizo al volver a su casa fue hacer cuentas para calcular, con la jubilación que cobraba, cómo haría para llegar a fin de mes. Cuando decidió ir a la cocina para hacer una pausa, descubrió que la leche estaba en mal estado. La heladera ya no enfriaba, de nada había servido hacerla reparar el mes anterior. Parecía que en su ausencia había habido un corte de luz y el enchufe había entrado en cortocircuito, por lo que hizo malabares con la comida para llevarla al departamento de al lado, donde, por suerte, siempre podía contar con Javier, el hijo del encargado.

Si utilizaba su tarjeta de crédito en una heladera nueva, y limitaba su vida a una dieta estricta y a paseos por la plaza, aún lograría asistir los viernes que quedaban del mes a los encuentros de Licenciadas. Por lo que pudo ver en las revistas de promociones que había en la casa de Javier, debería esperar al martes para obtener los imprescindibles descuentos en electrodomésticos.

– Hace unas horas –explicó Javier –hubo un bajón de tensión, es una suerte que no le haya pasado nada más grave, ¡A la del quinto le explotó un microondas!

Luego de agradecer a Javier, Sonia volvió a su departamento y se sacó los zapatos y las medias para retirar los estantes de la heladera de modo que, cuando Javier pasara a buscarla a la mañana siguiente, pudiera llevársela con el mínimo esfuerzo. Al remover el último estante y, mientras se alejaba del electrodoméstico con la mente fija en cuentas imposibles de calcular sin calculadora, el agua en el suelo generada por el deshielo del congelador hizo que resbalara y cayera de espaldas dentro de la heladera. La puerta se cerró y, al tratar de aferrarse a algo para incorporarse, giró sin querer la rosca que configuraba el nivel de enfriamiento. Una intensa ráfaga de frío entró por sus ojos, orejas, boca y nariz; el pecho se le congeló, y durante unos instantes no pudo sentir sus piernas. Como por inercia, la rosca volvió al mínimo por sí sola y Sonia abrió la puerta de una patada. Al salir se puso a toser: tenía mucho frío. “Habría sido causa de los paquetes de gel, ya que la heladera seguía desenchufada”, pensó. Con ambas manos se frotó los brazos y pequeños pedacitos de escarcha se desprendieron de su cuerpo. Con cuidado de no volver a patinar con el agua, fue a calzarse al dormitorio: tenía los pies helados, pero el agua ya no estaba allí, el suelo estaba seco..

Sonó el timbre.

– ¿Sí? –dijo Sonia.

– Buen día, señora, soy Javier.

Ella abrió la puerta.

– ¿Pasó algo?

– Vengo a llevarme la heladera, me dijo que pasara temprano… -Javier se calzó unos guantes de albañilería y entró.

Confundida, Sonia dijo:

– ¿Es una broma? Si acabo de dejar las cosas en tu departamento…

– ¿Se siente bien? –preguntó Javier al ver el desorden y la escarcha en el suelo –. Son las ocho de la mañana…

Sonia se quedó inmóvil un segundo y, luego se asomó a la cocina para corroborar que el reloj de pared marcaba las ocho.

– Todavía no terminé de vaciar el congelador, ¿te molestaría mucho pasar mañana?

– No se preocupe, señora, yo la ayudo.

Javier se metió en la cocina, y al verlo apoyar sus manos en la heladera para moverla, Sonia lo detuvo.

– ¡No! Me arrepentí… voy a llamar a alguien para que la vea, creo que todavía se puede salvar.

– ¿Está segura?

– Sí. Disculpame…

– Bueno, llámeme cuando quiera pasar a llevarse la comida.

– Sí, sí. Gracias…

Al salir del departamento, Javier murmuraba palabras que con seguridad no eran amables; Sonia cerró la puerta y volvió a la cocina para corroborar de nuevo la hora. Había perdido dieciséis horas. 

Era justo lo que necesitaba, así lograría llegar al café de cada viernes sin tener que pedir dinero prestado. Sólo debía tener cuidado de utilizar el recurso en casos de extrema necesidad. Era fantástico, se había saltado la cena y el desayuno y no tenía hambre. Si calculaba bien podría pasar el fin de semana sin gastar un centavo, con lo que ahorraría lo suficiente como para devolver el dinero que debía e incluso tomar otro café en La Rue.

Tras limpiar el suelo, colocó el reloj sobre una mesa justo frente a la heladera para poder ver las horas pasadas luego de cada incursión. Se puso la ropa más abrigada que encontró en el armario y apagó todas las luces del departamento, desenchufó todos los electrodomésticos y cerró todas las llaves de paso de agua. Sonia se metió en la heladera y cerró la puerta tras de sí. Debió pensar unos segundos para decidir el nivel de frío, ya que durante el accidente no había prestado atención a cuánto lo había llevado. Giró la rosca despacio hasta alcanzar el nivel uno y la ráfaga de aire helado volvió a soplar. Cerró los ojos y aguardó unos instantes. La rosca por sí misma volvió a cero. Sonia abrió la puerta y miró el reloj: eran las cuatro de la tarde.

El viernes siguiente Sonia se dio el gusto de esperar a sus amigas con un café ya servido. Eloísa y Daniela elogiaron su corte de pelo y Verónica se enamoró de su nueva cartera negra bordada con piedras brillantes. La tarde fue un éxito y Sonia volvió a su casa llena de alegría. Había vendido el televisor, el sofá del living y la mesa baja porque ya no necesitaba perder el tiempo en aquél lugar. Sentada en el suelo, disfrutó en calma de los gratos momentos que acababa de vivir. En el grupo ya no era una más, ahora sus amigas la valoraban, compartían su gusto estético y, lo que era revelador, también padecían la penuria económica del país, ya que a la mayoría se le iluminaron los ojos cuando llegó el café y no tuvieron que pagarlo. Había sido un buen gesto, estaba contenta consigo misma.

Por desgracia, el viernes siguiente sucedió por fin algo inevitable:

     – Me voy, chicas –dijo Jazmín.

     – ¿A dónde? –preguntó Eloísa, distraída.

    – A General Rodríguez, vuelvo a la casa de mis padres. La jubilación no me alcanza para vivir en la ciudad, la inflación está peor que nunca y mi hermana ya no quiere enviarme dinero, quiere que vuelva con ella.

     – Parece que así se rompe una tradición de tantos años…

     – ¿Y si te conectás por Internet?

    Jazmín se iría para no volver. No es que nadie la quisiera tanto como para encontrar en aquello el fin del mundo, pero por primera vez en veinte años la hermandad tendría una ausencia. Ni siquiera cuando las más jóvenes quedaron embarazadas se permitieron faltar más de dos viernes seguidos. Esto era algo nuevo y a Sonia no le gustaba nada.

Dos viernes más tarde, Jeannette dijo delante de todas:

   – Me voy a vivir a París y seguiré nuestra tradición del otro lado del mundo, en el verdadero café La Rue.

   Con esta frase, que señalaba que durante más de veinte años los encuentros se habían mantenido en un “falso” bar francés, todas enmudecieron. Ya nadie quería terminar su café. Eloísa y Daniela cuchicheaban entre sí: Si Jeannette tenía dinero suficiente como para ir a vivir a París si así lo deseaba, las demás no podrían darse ese lujo. Sonia, de pronto, dio un golpe en la mesa:

    Si Jeannette quiere irse está en todo su derecho, pero no por eso vamos a dejar de vernos nosotras. ¿Verdad? 

    – Chicas, tengo algo que contarles… –dijo Verónica. –Hace unos días me diagnosticaron cáncer.

    El viernes siguiente, Verónica no se presentó y Sonia hizo cuanto pudo para que no se hablara del tema, ya que aquella ausencia la dejaba como líder del grupo. La muerte era un tópico incómodo, más a su edad: Sonia había leído en una revista que las mujeres mayores de cincuenta años obsesionadas con el final de las cosas tienen un mayor índice de probabilidades de envejecer y morir antes de tiempo. Hablar de la muerte era algo tabú. Fuera como fuese, la ausencia de tres integrantes del grupo se sentía en el tono lúgubre del encuentro.

     Fue Eloísa quien rompió el hielo al hacerle a Sonia la pregunta que todas las demás se habían guardado sin atreverse a formular:

     – ¿No tenés frío con esa blusa nada más?

     Afuera, la gente caminaba abrigada hasta el cuello: ya había llegado el invierno. 

     – ¿Frío? –dijo Sonia distraída. –Debe ser la edad… la verdad que ya no siento nada.

   Eloísa asintió y no volvió a mencionar el tema. Sonia suspiró: ya ni sabía en qué mes estaba. Había dado de baja la luz y el gas; debía varios meses de expensas y el país mantenía una constante y progresiva devaluación. No había nada que hacer: comía afuera diez veces al mes y lo demás se le iba en el café La Rue, en ropa y peluquería. Luego debía congelarse, lo que no era bueno: en la lavandería había tenido que pagar un recargo de una semana cuando fue a retirar la ropa, ya que para ella había pasado sólo una hora.

   Verónica falleció y Sonia decidió no ir al funeral; ya no podía calcular cuántos meses habrían pasado, y para ella habían sido sólo unos días. Las chicas parecían más arrugadas que nunca y ella debió excusar el estado de su piel gracias a la aplicación de una crema que se había hecho traer de Alemania. Para mantener la alegría del grupo, cada viernes Sonia acudía a los encuentros con ropa nueva que más tarde vendía a un precio menor, pero por más esfuerzos que Sonia hiciera no podía detener el tiempo y al fin sus amigas de siempre dejaron de ir a La Rue.

     Sonia pensó que, para terminar con el sufrimiento, bastaba con no congelarse por un par de días. No tenía a quién pedir ayuda y la idea de utilizar la heladera por turnos con sus amigas era descabellada. 

     Algo estaba mal en el mundo en el que le había tocado vivir. 

   Una tarde, en mitad de un paseo por la plaza, Sonia tuvo la repentina sensación de haber vivido en una realidad falsa, de cotillón, superficial, barata, genérica, vacía… se había quedado sola pero no podría fallecer en paz con esta sensación interna de haber vivido una mentira: tenía que ir a tomar un café en el verdadero Café La Rue de París. No tenía dinero como Jeannette, pero sí tenía el mismo derecho que ella de pasar sus últimos días en un lugar auténtico.

    “Dicen que si se arroja una botella con un mensaje desde el puerto de Buenos Aires, luego de varios años de danzar entre las olas, si la intención es auténtica, las corrientes marinas lo llevarán a través del océano hasta su destinatario”, Sonia creyó recordar que aquella frase provenía de un tango escuchado en su infancia y fue así que una mañana de agosto, cuando los vientos fríos del Norte empujan la corriente oceánica hacia el Este, Sonia de Sevilla, en desafío a todos los consejos ahorristas del país, arrojó su suerte dentro de una heladera averiada y se dejó llevar por las olas del Río de la Plata con tan sólo un verso de algún tango olvidado y cinco euros para el café.

Isaac Casimov

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